Este viernes 4 de julio de 2025, cientos de personas se manifestaron en Ciudad de México para expresar su rechazo a la gentrificación en barrios como Roma y Condesa, fenómeno que atribuyen principalmente a la llegada de extranjeros, en su mayoría jóvenes estadounidenses que trabajan de forma remota.
Desde el inicio de la pandemia en 2020, estos sectores bohemios han experimentado un aumento en la presencia de residentes foráneos atraídos por el menor costo de vida. Sin embargo, esta llegada masiva ha provocado un alza significativa en los precios de los alquileres, desplazando a muchos habitantes locales hacia zonas más accesibles.
La marcha, que recorrió las calles del centro de la ciudad, terminó con actos de vandalismo protagonizados por un grupo reducido de encapuchados, quienes realizaron pintas, rompieron vidrios y mobiliario de restaurantes, además de saquear una tienda de ropa.
Los manifestantes, en su mayoría jóvenes, portaban carteles con mensajes como “La vivienda es un derecho, no un negocio”, y coreaban consignas como “México para los mexicanos” y “Gringo vete a casa”. Algunos confrontaron directamente a comensales estadounidenses en restaurantes con mesas al aire libre, quienes optaron por ignorar o retirarse pacíficamente.
Este fenómeno de gentrificación no es exclusivo de Ciudad de México; se ha observado en otras ciudades del mundo donde la llegada de trabajadores remotos y expatriados eleva los costos de vida, afectando a las comunidades locales. Según datos recientes, México alberga cerca del 20% de los cinco millones de estadounidenses que viven en el extranjero, lo que refleja un aumento significativo en la migración de este grupo.
La protesta también ocurre en un contexto internacional marcado por un endurecimiento en el discurso migratorio en Estados Unidos, donde el presidente Donald Trump ha intensificado sus políticas y retórica contra los migrantes.
La gentrificación, además de impactar en el acceso a la vivienda, suele modificar la identidad cultural de los barrios, afectando comercios tradicionales y espacios comunitarios, lo que genera tensiones entre residentes antiguos y nuevos inquilinos. En la CDMX, este fenómeno ha provocado debates sobre cómo equilibrar el desarrollo urbano con la preservación de la diversidad social y cultural.





