La dismorfia muscular, también conocida como vigorexia o “bigorexia”, es una alteración de la imagen corporal en la que la persona se percibe con menos musculatura de la que realmente tiene y desarrolla una preocupación persistente por aumentar su tamaño físico. Aunque el interés por desarrollar músculos no constituye por sí mismo un problema, puede convertirse en un trastorno cuando el ejercicio, la alimentación y la apariencia pasan a dominar la vida cotidiana.
Este tipo de alteración forma parte de los trastornos dismórficos corporales. Las personas que la presentan pueden considerar que su cuerpo es demasiado pequeño o que carecen de suficiente musculatura incluso cuando tienen un desarrollo muscular considerable. Entre las conductas asociadas se encuentran el entrenamiento excesivo con pesas, la revisión constante del cuerpo frente al espejo y dietas rígidas destinadas a aumentar la masa muscular.
También puede existir consumo de suplementos o sustancias destinadas a mejorar el rendimiento físico. Cuando la preocupación por la apariencia se vuelve persistente, la dismorfia muscular puede afectar diferentes áreas de la vida, incluidas las relaciones sociales, el trabajo, los estudios y la convivencia familiar.
La exposición constante en redes sociales a imágenes de cuerpos musculosos y modelos físicos difíciles de alcanzar puede reforzar la comparación corporal, especialmente entre adolescentes y jóvenes. Algunas personas pueden organizar una parte importante de su rutina alrededor del ejercicio, la alimentación y el objetivo de aumentar su musculatura. Esto puede dificultar la identificación del problema, debido a que determinadas conductas inicialmente pueden parecer disciplina o dedicación deportiva.
Entrenar con regularidad o intentar aumentar la masa muscular no significa necesariamente que exista dismorfia muscular. La preocupación debe generar atención cuando existe una percepción persistente de no ser suficientemente musculoso acompañada de conductas compulsivas o malestar significativo. También pueden aparecer restricciones alimentarias, ejercicio excesivo y dificultades para detener el entrenamiento pese a sus consecuencias negativas. Cuando estas preocupaciones afectan la vida cotidiana, se recomienda buscar apoyo profesional; el tratamiento puede incluir atención psicológica, médica y nutricional, y la terapia cognitivo-conductual es una de las alternativas utilizadas.





